Sexo en Iguazú

Sexo en Iguazú

Hola, mi nombre es Déborah y aunque la experiencia que voy a relataros me produce cierta timidez, no voy a dejar por ello de compartirla, pues recordarla con todo detalle hace que me vuelva a excitar casi tanto como cuando todo esto aconteció durante los calurosos meses de verano del pasado año.

Mi novio Álex me propuso hacer una visita a las imponentes cataratas de Iguazú y pasar la noche contemplando cómo la luna llena se yergue majestuosa sobre el conjunto conocido con el sugerente nombre de La Garganta del Diablo. Llegado el día, allí estábamos los dos contemplando el atardecer momentos antes de la salida de la luna por encima del horizonte. Aunque estábamos rodeados de una gran cantidad de visitantes que esperaban con impaciencia el glorioso momento tanto como nosotros, Álex y yo decidimos que eso no iba a resultar impedimento alguno para llevar a cabo las perversas intenciones que nos habíamos propuesto.

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Aprovechando que la mayoría estaba pendiente del punto donde en breves instantes iba a hacer su aparición la luna llena, Álex me agarró de la mano y mediante una hábil maniobra un tanto arriesgada, logramos situarnos junto a una de las pilastras inferiores que sustentan el balcón desde el que se contempla el espectáculo. En esa posición nadie podía vernos a pesar de encontrarnos a tan poca distancia y además, debido al monumental estruendo que los saltos de agua producían, tampoco podrían escucharnos.

Allí, abrazados, Álex comenzó a besar mi cuello mientras me cogía fuertemente los pechos a través de mi blusa que, al igual que yo, se encontraba totalmente empapada. La sensación era tremendamente placentera. Sobre nuestras cabezas, la muchedumbre en el balcón hacía comentarios acerca de lo poco que faltaba para que la luna llena hiciese acto de presencia.

Los besos y las caricias continuaron mientras yo me recreaba palpando su escultural abdomen y deslizando mis dedos entre la escasa abertura que su apretado pantalón le dejaba alrededor de la cintura. Estaba disfrutando como nunca, y mis afilados pezones daban buena fe de ello. Me abalancé sobre él haciendo que mis senos se apretarán tanto sobre su torso, que ambos notamos cómo mi sujetador de apertura delantera cedía ante el empuje dejando libres, me vais a permitir la arrogancia, dos inmensas tetas como esos milenarios saltos de agua no habían contemplado en su historia. Él decidió realizar la misma maniobra de acercamiento con su pelvis, lo que me hizo sospechar que Álex tenía que estar escondiendo ahí abajo un enorme fragmento de roca basáltica tomada de los alrededores. Me decidí a comprobarlo desabrochándole la cremallera del pantalón.

Una monstruosa forma comenzaba a hacer acto de presencia en el horizonte. Nuestras siluetas quedaban recortadas sobre la dorada superficie de la luna más increíble que habíamos tenido la ocasión de presenciar. El numeroso grupo de turistas había comenzado a excitarse al contemplar la aparición de aquella descomunal maravilla. El júbilo era manifiesto entre la muchedumbre congregada y no pocos exclamaban asombrados mientras la luna se alzaba cada vez más en el horizonte y su imponente diámetro parecía dilatarse por momentos. ¡Por Dios! casi parecía un espectáculo sobrenatural, esas dimensiones titánicas, ese brillo dorado celestial.

Besos en Iguazú

El rugir de los saltos de agua junto a la exuberante vegetación, conformaban el marco natural perfecto en el que dejar en libertad aquella hermosa y rotunda bestia que Álex escondía entre las piernas. Sin poder esperar más, me agaché hasta su cintura, le baje los calzoncillos y comencé a relamer vertiginosamente con ansiosos movimientos circulares su descomunal pollón, completamente empalmado y empapado por las brumas de vapor de agua que levantaban las cascadas. Sus gritos de placer quedaban ahogados en el fragor de las aguas, pero fue al rodear su polla con ambas manos e introducírmela enteramente en mi angosta y cálida boca cuando el gemido que emitió Álex pudo escucharse alrededor de toda la imponente Garganta del Diablo.

La luna llena lucía majestuosa prominente sobre el horizonte. Su luz había tomado ahora un color plateado que se reflejaba sobre los millones de gotas de fina llovizna que abarrotaban todo el lugar. Nuestros cuerpos estaban completamente empapados de agua, sudor y frenesí, y nuestro deseo sexual no había hecho más que comenzar a despertar.

Álex me cogió entre sus brazos e hizo que abandonara su zona pélvica para llevarme hasta sus labios. Nos besarnos apasionadamente mientras él deslizaba mis chorreantes bragas hasta las rodillas y, con un veloz movimiento de cintura, me introdujo su polla erecta hasta el fondo, de manera tan fulminante que, debido al fuerte impacto, tuve que desprender mis labios de los suyos y agarrarme firmemente a su espalda mientras mi cabeza aturdida caía sobre sus hombros rendida de placer. Antes de que pudiera reponerme, noté cómo pausadamente extraía su miembro con un suave movimiento, haciéndome experimentar una desorbitante sensación de éxtasis a lo largo de toda mi zona pélvica para, a continuación, sorprenderme con otro movimiento de penetración mucho más sosegado esta vez, pero no por ello menos placentero. Su pene entraba y salía de mi vagina produciendo una sensación casi mágica y no tardamos en llegar ambos al orgasmo casi en el mismo instante en que la luna alcanzaba el punto más alto del firmamento y su brillo resultaba de una intensidad fuera de lo común.

Habíamos recorrido kilómetros para contemplar una de las consideradas siete maravillas naturales del mundo, y os puedo asegurar que el espectáculo vivido aquella noche en la Garganta del Diablo nos dejó a ambos con ganas visitar las otras seis restantes.

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